Relato sobre Irene

Relato sobre Irene

Por: Mariángela Urbina

Querida Camila,

El rumor sobre mi aborto te llegó a tiempo. El chisme en la universidad se regó rápidamente. Estabas dos semestres atrás y un día nos cruzamos en el pasillo y me miraste feo. Poco después me escribiste por Facebook: 

Hola, no sé a quién más acudir.

Estoy embarazada y no puedo tenerlo.

Espero que no divulgue esta información con nadie,

no tengo a quien contarle, ni quien me ayude, 

creo que usted me puede ayudar,

es la única persona que conozco que lo ha hecho.

Te respondí y te acompañé a pedir la cita médica. Me pediste perdón. Confesaste que me habías juzgado cuando escuchaste los rumores. 

Vinimos a mi casa con las pastillas y abortaste conmigo. Esa noche me contaste de tu novio, ¿te acuerdas? Que lo amabas mucho, me dijiste. Que cuando estaban bien el cielo era bello y la lluvia preciosa y hasta la sopa de espinaca, la que nunca te gustaba, te sabía a gloria. Que cuando estaban mal, pasabas la noche en vela. Y que te sentías como una niña asustada en la oscuridad, temiendo que saliera un monstruo del clóset. Que el ciclo se repetía una y otra vez. Dijiste que todo empezaba porque tú te equivocabas, él se ofendía con tu supuesta equivocación, te gritaba, a veces te empujaba, después de eso él se arrepentía, y en su arrepentimiento venían los días de gloria, con muchos regalos, el cielo bello, la lluvia preciosa y la sopa de espinaca. Hasta que volvía a comenzar.

A la semana siguiente, te acompañé a una segunda cita médica para confirmar que las cosas estuvieran en orden con tu cuerpo. Todo estaba perfecto. Nunca te lo dije, pero sentí envidia (de la buena). Lo prometo, fue de la buena. Envidié la levedad y normalidad con la que viviste tu interrupción del embarazo. La verdad es que conmigo las cosas no fueron tan levas. Fui la minoría, la excepción, como puede suceder en cualquier procedimiento médico. 

A los tres días de tomarme las pastillas, tuve que ir a urgencias porque tenía mucho dolor y me estaba desmayando. La enfermera que me recibió me preguntó por qué venía: yo le dije que era una interrupción voluntaria del embarazo. Recuerdo su mirada. Recuerdo sus palabras: “¿por qué hizo eso?” Luego, un médico me explicó que el aborto había quedado incompleto y que eso me estaba generando una infección. Ja, la parte de mí que estaba embarazada era la que me  hacía daño. Me dijeron que necesitaba un legrado. A pesar de todo esto y de que mi dolor no cedía, no me atendieron. Se declararon “objetores de conciencia” y tuve que firmar una salida voluntaria después de horas de espera.

Cuando llegué a otro hospital, también me miraron muy mal médicos y enfermeras. Luego me instalaron en una camilla ubicada en la sala de maternidad, donde otras mujeres que sí querían ser madres escuchaban los latidos del corazón que les salían del vientre. Dije que me sentía incómoda, que por favor me llevaron a otra sala; no lo hicieron.

Al final, hice el legrado en una clínica privada. Sí, sé que nunca te conté. Pero es que prefería mil veces escucharte… ¿Recuerdas que ese día me dijiste que habías tomado la decisión de abortar también tu relación? Que el aborto te ayudó a entender que no podías permitirte seguir ahí, en ese ciclo violento. Que con el aborto te quedó claro que no permitirías que otra persona recibiera toda esa violencia. Y que entonces pensaste: ¿por qué si no la permito para otros la sigo permitiendo para mí? Contigo entendí que cuando abortamos, abortamos también lo que nos hiere.

Muy pronto te fuiste a terminar la carrera a otra ciudad, porque ese personaje tenía problemas para entender tus límites y preferiste cortar de raíz, con él y con todo lo que te lo recordara. Ayer me contaron que estás triste, que te sientes sola, que el monstruo en el clóset anda persiguiéndote por estos días. Necesito que sepas que tú me llenaste de propósito. Me ayudaste a descubrir que lo quería para mi vida era seguir acompañando y ayudando mujeres a decidir sobre su cuerpo. En ellas me veo como espejo y sus historias son mi terapia. No terapia para la culpa, como podrían asumir algunos. Culpa no tengo. Terapia para sanar los malos tratos de aquel momento. No sé si esta carta ayude con tu tristeza, pero debes saber que me salvaste.

Abrazos,

Irene.

Ilustración: Lili Cuca

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