MUJER BITÁCORA

MUJER BITÁCORA

Por Ita María.

Migrante no es solamente quien llega a tierra ajena, distinta a su lugar de procedencia, como reza algún diccionario. Migrante es también quien migra, quien va de un lugar a otro, a veces, cuando el origen se torna más bien hostil. Como las aves migratorias, que viajan por mejores condiciones para garantizar su conservación y luego regresan con sus crías. 

Volvió con 2 crías y con las trompas mal ligadas. Nació colombiana pero vivió toda su vida en Venezuela, lo que sea que eso signifique en un mundo de fronteras invisibles y legalidades selectivas. Otro acento, otro arraigo y otro desarraigo con mil kilómetros y algo más de por medio. Ya se reconocía de allá cuando la situación devino hostil y migró de vuelta, con la confianza en el instinto y la esperanza en el destino que tienen las aves al migrar. Indocumentada, porque no hay papel que aguante el mapa del vuelo alzado con la cartografía de cicatrices y la ruta de supervivencia de cada mujer en el mundo. Porque cada mujer es un mundo y ningún mundo cabe en un papel. Como tampoco cabe la vida en un trámite.

Otro embarazo nunca fue una opción, desempleada y en pandemia, apretada como estaba con un esposo y dos hijos -los que quería y ya tenía-, de dos años el menorcito, ni debía serlo tras la ligadura de trompas, pero pasó como pasan las cosas, cuando tienen que pasar aunque no tendrían que hacerlo. Lloró al enterarse. No comía. Se quebraba. Dicen que un niño no le daña la vida a nadie, pero lo dicen desde otras vidas, habitando otros cuerpos y desconociendo otras formas de daño. No había buses, ni carros particulares, ni servicios de salud que siguieran su carta de navegación. El mundo en pausa pero el tiempo no. Decían que era ilegal, que solo podía hacerlo si su vida corría riesgo. Dicen… decían… siempre terceros, siempre en plural. ¿Qué más riesgo que deshacerse por dentro?

Marzo partió todo en dos; era una primavera fantasma, con un abril y un mayo que no pasaban y luego dejarían de existir y luego vino junio y con él, tras casi cuatro meses de espera -el tiempo máximo de permanencia de un ave migratoria en el país antes de emprender el vuelo-, barreras, voces juzgantes y casi desistir, el rumbo volvió a despejarse con una llamada que fue faro y guía; papeles, recogida, hospedaje, cita,  procedimiento, interrupción, todo salió bien… y todo siguió normal. La vida continuó por la senda elegida y no la impuesta. A veces viene bien migrar del mandato social. 

Era una de esas migratorias imposibles de detener, que conocen mejor que nadie el camino de vuelta a sí mismas y  que van dejando rastro para no perder el norte y para las que vengan detrás.

Mujer, madre, migrante, mundo, rastro, bitácora. El documento íntegro y vívido de decisiones tomadas, fortalezas y maternidades satisfechas era toda ella, siempre fue ella; su testimonio y su identificación, ella. Y es que ninguna mujer en el mundo es ilegal. 

Ilustración: Tania Cantor

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *