El error era no hacerlo

El error era no hacerlo

Por: Carolina Vegas

La sangre asusta, siempre. Por eso, después de meter con mis dedos las pastillas de Misoprostol y Mifepristona allá adentro, dónde podía tocar mi cérvix, cómo me explicaron, y de esperar a que actuaran, me espanté cuando comenzó la hemorragia más salvaje que jamás haya tenido en mi vida. Pensé que me iba a morir y mi instinto de supervivencia me llevó directo al hospital. 

Yo no quería hacer nada de manera clandestina o por mi cuenta. Siempre he sido responsable. Tanto así que usaba píldoras anticonceptivas para evitar un embarazo no deseado. Cada noche, antes de dormir, una pepa y un vaso de agua. Incluso las cargo en la cartera para tenerlas a la mano. 

Pero el método me falló. Cuando me di cuenta tenía apenas unas pocas semanas de gestación, pensaría que no más de tres o cuatro. Así que me acerqué a un centro particular que provee orientación para interrupciones voluntarias del embarazo. Lo que tenían que hacerme era en apariencia sencillo, porque el embarazo era muy reciente, pero el costo, de más de quinientos mil pesos por la consulta y los medicamentos, era uno que yo no tenía como de pagar. Sabía que comenzar el trámite con la EPS tomaría tiempo, porque siempre es así. Y que cada semana que pasara haría todo más difícil, no solo a nivel burocrático sino fisiológico; además en ese momento estaba en pleno cambio de proveedor de salud y eso limitaba aún más mi acceso a una atención adecuada. Tenía que actuar con prisa y determinación, no era momento de andarse con dudas.

A mis 20 años, soy una estudiante universitaria que aspira a disfrutar su juventud, construir una carrera, vivir. No quiero ser mamá aún. No sé si quiera ser mamá algún día. 

Por eso me cuidaba, por eso tomaba anticonceptivos, porque soy responsable. Por eso supe cuándo quedé embarazada y por eso busqué opciones para ejercer algo que creo que es mi derecho: poder decidir. 

Desde que me enteré de lo que estaba pasando en mi cuerpo, los ataques de ansiedad, que sufro desde niña, fueron más fuertes. No dormía, lloraba mucho. Tenía miedo y desasosiego todo el tiempo. Volví a arrancarme los pellejos de las uñas y todavía tengo los dedos labrados. No quería hablar con nadie, no quería leer, no quería ver televisión. Todas las noches, a eso de las nueve, comenzaba a sentir una presión inmensa en el pecho. No podía respirar, me paralizaba.   

Si no tengo cómo pagar un aborto, ¿de dónde esperan que tenga el dinero para mantener y criar a un niño o a una niña, que además nunca quise tener? ¿Cómo puedo lograr eso sin poner en riesgo mis estudios, mi futuro y mi cordura?

Durante uno de los ataques más espantosos, después de llorar horas, entendí que debía hacerlo sola. Entonces busqué los medicamentos por mi cuenta, los introduje en mi vagina y esperé a que actuaran. Y luego, cuando sentí pavor pues pensé que mi vida ─porque lo que siempre ha estado en juego es mi vida─, se me escapaba del cuerpo en un chorro de sangre, corrí a pedir ayuda médica. Era lo único que pensé que podía hacer.  

Apenas me entraron al triage la doctora que estaba de guardia me hizo un tacto. En su guante ensangrentado aparecieron las pastillas a medio disolver.

─ ¿Qué te hiciste? ¿Por qué? ¿Estás loca? Te vas a morir.

Gritaba la doctora señalándome con el guante bañado en mi sangre, mientras me mostraba las pastillas y me miraba con reproche, incluso asco. Yo solo lloraba, desconsolada y descontrolada. Mi miedo escaló a pánico.  

─ Tú estás loca y te vas a morir. ¿Cómo puedes poner en peligro tu vida y la vida de tu hijo?

─ ¿Cuál hijo? 

Yo no tenía un hijo, porque yo no había decidido que quería ser mamá. Para mí, hasta el día de hoy, era un cúmulo de células y un embarazo, pero no un bebé. 

No soy capaz de contar todas veces en que las enfermeras, los doctores e incluso los celadores del hospital me dijeron: “Asesina”. No solo a mi cara, sino también a mi novio, a quien nunca dejaron entrar durante los tres días que me retuvieron en esa clínica, contra mi voluntad y sin siquiera proveerme, durante más de 24 horas, de comida o tratamiento. Yo les dije desde el principio que me quería ir, pero no me dejaron. Me tuvieron atada a una bolsa de suero y al lado de mujeres que estaban allí para atender sus partos. Después de más de un día, por fin, me hicieron una ecografía, de mala gana. Además de no poder irme, mi angustia más grande era que los medicamentos no hubieran servido y aún estuviera embarazada. Pero el examen confirmó que las pastillas, a pesar de no haberse diluido por completo, fueron efectivas. Esa fue toda la atención médica que recibí durante tantas horas, que pasaron tan lentas, que me aprendí de memoria todos los rotos de las paredes y cada cuánto titilaban los bombillos. 

No me hubiera muerto por la hemorragia, ahora lo sé.  Seguramente me habría podido cuidar mejor en mi casa. Pero no me permitían irme. Solo me dejaron salir cuando llegó una funcionaria de una institución judicial, para quien mi caso no aplicaba dentro de la causal de salud mental. Así que abrió un proceso en mi contra, porque en sus palabras, de nuevo, yo era una “asesina”. 

Mi proceso avanza con rapidez. Es impresionante ver cómo resulta de efectiva la justicia en estos casos, mientras demandas por alimentos y violaciones quedan dilatadas y olvidadas en algún cajón durante años. 

Tengo claras dos cosas. Una, que de haber tenido la plata esto habría quedado resuelto con rapidez, diligencia y nadie se habría enterado o me habría señalado. Dos, que no me arrepiento de haber interrumpido ese embarazo. Que no quiera ser mamá no me convierte en un peligro para la sociedad. No soy una asesina. 

Ilustración: La Negra

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