LO QUE IBA A PASAR

LO QUE IBA A PASAR

Camila Brugés 

“Allí me va a encontrar en un Corolla rojo, viejo. Cabemos los siete aunque apretados.”, le había asegurado Adela el día en que Marina finalmente le dijo que estaba lista. Pero había llegado la fecha en que tenían la cita y Marina todavía tenía miedo. A pesar de que Adela le asegurara lo contrario, estaba convencida de que lo más grave no era lo que había pasado, sino lo que iba a pasar si ella seguía adelante con esa locura. 

Y sí, era cierto que lo que había sufrido hasta ahora había sido un tormento, que jamás había sentido ese ardor y ese vacío en el cuerpo que al mismo tiempo era un abismo y un incendio, pero temía que si cumplía con su parte del pacto, si se atrevía a salir de su casa a tiempo y lograba llevarse en silencio a los cinco niñitos que eran su adoración sin llamar la atención de nadie, y llegaba a ese mirador en el que habían quedado de encontrarse minutos antes del amanecer, se desataría la maldición de la que hablaban las otras mujeres del pueblo. 

Pero ya habían pasado cinco semanas desde que alguien desconocido le había dejado un papelito por debajo de la puerta con el nombre de la doctora Adela Chavez y una instrucción clara: Yo sé lo que le pasa. Llame y escúchela. Hágame caso. Ocho semanas de esconderse de las miradas de las demás que no se perdían ni uno de sus alientos, como si supieran lo que había pasado aunque nadie había venido a preguntarle si sí eran suyos los gritos de terror del mes pasado. Ya habían pasado diez semanas de ocultarle a su marido que vivía entre la náusea y el malestar y la ira, y que estaba pensando hacer algo impensable porque quería volver a respirar, porque hacía doce semanas, el mismo día en que él se fue a trabajar al Tolima, el mismo hijueputa día, fue el día en que una sombra la violó. Y ahora ya iban a ser 13 las semanas que llevaba a la propia vergüenza creciendo dentro, y en las que sus hijos se fueron quedando sin su mamá. Qué maldición podría ser peor que esa, se preguntaba Marina mientras pasaban los días y ese nudo negro en su interior le chupaba la existencia. 13 semanas son 52 días de mierda. No podía retractarse. No era justo con ella, con nadie. 

El Corolla rojo ya debía estar subiendo por La Teja, o sea que le faltaban unas horas para trepar esa loma que separaba el pueblo montañero del cual nunca había salido Marina del mar; el mismo tiempo que le iba a tomar a ella caminar al mirador. Asomada a la noche en el marco de la puerta, con los niños callados en fila india esperando detrás suyo a que ella guiara, Marina dejó al miedo encerrado en la casa y dio el primer paso a su destino porque en el fondo las palabras de Adela habían echado raíces y ella sabía que no estaba haciendo nada mal. 

“Usted es la doctora Chavez”, fue lo primero que Adela escuchó cuando tomó la llamada esa tarde. Era la última del día, se había prometido, porque ya llevaba meses quedándose horas extra, incapaz de irse a descansar con la idea de que llamara otra mujer con otra tragedia para contar y nadie estuviera allí para escuchársela. Y como la sorprendió la pregunta en afirmación, respondió raro, como un robot, como pudo. “Adela. Sí.” 

En camino al mirador, Adela recapitulaba lo que habían charlado en esas cinco semanas con dificultad. No habían sido conversaciones largas. Adela intuía quién le había dejado su teléfono, pero Marina nunca había preguntado a qué otra mujer le había pasado lo mismo en su pueblo. Le parecía que más bien había sido un interrogatorio de Marina hacia ella en el que ninguna de las dos tenía necesidad de redactar más de lo absolutamente necesario. Sí, la podía ayudar. Sí, la iba a acompañar. No, no la iban a meter a la cárcel. “Usted no se preocupe por los papeles”. No, ninguna de las mujeres a las que le había ayudado abortar estaba maldita. Y ella tampoco lo estaba, aunque sí estaba cansada, pero eso no era sino una prueba de que la burocracia y el prejuicio seguían justificando su existencia. Eran pocas las mujeres como Marina que se enfrentaban solas a la necedad de los demás y triunfaban. Y entonces, así estuviera cansada para siempre, Adela iba a seguir llenando papeles y encarando al que fuera por ahí asegurando que decidir por uno mismo qué hacer con el cuerpo propio era un crimen. 

Allá arriba no se sentía el bochorno perpetuo en el que vivían en la costa, a donde Adela se había ido a vivir después de enterarse de que nadie estaba trabajando por las mujeres de las comunidades cercanas, años atrás. El Corolla rojo había logrado subir sin recalentarse. Y al llegar al mirador, detrás de una fila de pinos que miraban a los lejos al Atlántico, vio las siluetas de Marina y sus hijos que ya la estaban esperando. Abrió la puerta del copiloto desde el interior, sin siquiera bajarse. Una vez los niños se acomodaron en el puesto trasero y los seguros estuvieron puestos, pisó el acelerador. 

Era la primera vez que se veían y lo primero que Marina le dijo fue lo último que esperó. “Yo me imaginé que los abogados siempre andaban de vestido”. Hacía demasiado calor para algo más que una pantaloneta. 

No había mucho más que decir. Adela los había invitado a un par de gaseosas y chitos en una tienda del camino y mientras los niños se correteaban por ahí, Marina le había pedido que le leyera los papeles que ella había redactado y los había firmado con sus iniciales, “Haga un palo hacia abajo. Ahora otro al lado. Una diagonal al centro… Otra… Sí. Eme”. Ahora viajaban el último tramo en silencio esquivando las olas que alcanzaban a saltar la barrera del malecón y salpicaban el asfalto. Ni Marina ni sus hijos habían estado nunca tan cerca al mar y se notaba. Adela sentía menos cansancio observando sus miradas fijas en la superficie marina tan viva. 

Cuando llegó el momento que Marina tanto temía, descubrió que su abogada no le había mentido: la pesadilla ya había sucedido, nada peor iba a pasar. Lo que detuvo a los que se quisieron interponer en el hospital, no fueron los papeles que había traído Adela sino su mirada, su certeza. Y esa firmeza le dio el impulso para hacer lo que estaba esperando todas esas semanas. 

Marina pensó en cada uno de sus hijos, en su pelo, en sus ojos, en sus manos, en sus dientes chuecos, y sonrió segura de que ya podría volver a ser su mamá. Afuera estaban todos esperándola con su abogada en pantaloneta, que había convertido ese día terrible en uno inolvidable: el día en que finalmente habían conocido el mar y este lo había limpiado todo.

Ilustración: La Wife

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