Memorias del futuro

Memorias del futuro

Por: Adriana Romero

Buenas tardes. Mi nombre es Eulalia Yagarí. Soy la asesora por los derechos humanos para las víctimas de violencia sexual dentro de las comunidades indígenas en Latinoamérica. Es un trabajo que me ha permitido viajar por todo el mundo difundiendo la cultura de mi pueblo, y en particular, hablando sobre la problemática que enfrenta la mujer indígena, en especial en países en conflicto o post conflicto, como Colombia.

Me crié dentro de las tradiciones de una de las etnias indígenas en Colombia, pero tuve que dejar a mi familia cuando tenía 19 años. Me fui del asentamiento en donde vivían mis padres y mis hermanos porque quería entrar a la universidad y porque…bueno porque mis sueños y mis necesidades ya no estaban de acuerdo con lo que se espera de una mujer dentro de la comunidad.

Entré a la universidad con muchísimo esfuerzo y muy pronto logré una beca por excelencia en mis estudios, lo que me permitió estar en contacto con excelentes mentores y maestros, en especial la doctora María Mercedes Trujillo, quien me permitió trabajar a su lado para levantar el mapa de comunidades indígenas en Colombia. Esto me permitió viajar por todo el país y conocer de cerca la realidad de muchas otras mujeres que como yo, tenían sueños y necesidades, pero que no habían podido cumplirlos, o no se atrevían a ir en contra de lo que sus familias y sus comunidades esperaban de ellas. 

Las mujeres tenemos que enfrentarnos a muchas barreras, pero cuando se es una mujer indígena, el conflicto se hace más complejo, porque tienes que enfrentarte contigo misma, con lo que viste desde niña, con la figura y las frustraciones de tu madre, de tu abuela, de tus hermanas, con mujeres cuyos cuerpos solo eran vistos para procrear hijos y para después criarlos. No fue mi caso. Tenía derecho a otras opciones. Fue mi decisión. Pero no todas las mujeres cuentan con esa claridad.

Después de graduarme, y todavía de la mano de la doctora María Mercedes, recibí la oportunidad para hacer un intercambio de saberes en Suiza, en la oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos. La única mujer era yo y no entendía por qué no había más mujeres conmigo. Cuando estaba en la Universidad, la proporción de estudiantes mujeres y hombres era de 2 a 1. Ya desde el inicio de mi carrera, soy socióloga con especialización en antropología y etnias indígenas, había empezado a estudiar inglés, y para este momento dominaba cuatro idiomas. Siempre me gustaron las lenguas y habiendo aprendido desde niña el complejo dialecto de mi pueblo, ininteligible para muchos, los demás idiomas fueron relativamente fáciles. Los beneficios de una crianza diversa.

Cuando terminé mi pasantía en Suiza, fui invitada por las Naciones Unidas, a ser parte de la Comisión de la Condición Jurídica y Social de la Mujer, y en 2022 entré a trabajar en ONU mujeres que hace las veces de Secretaría de ese órgano intergubernamental que protege los derechos de las mujeres en el mundo.

En febrero de 2024, me comunicaron que mi madre se encontraba en grave estado de salud y me pedían regresar a mi pueblo, al que no había vuelto desde 2014. En medio de una misión de acompañamiento a las mujeres en Siria, en medio de una de las guerras más crueles que todavía persiste, decidí volver a donde mi familia a despedirme de mi madre.

El 29 de febrero de 2024, año bisiesto que mi comunidad tanto teme, murió mi mamá en mis brazos. Y me pidió perdón. Perdón por haberme tenido que ir de la comunidad por seguir mis convicciones perdón por no haber tenido ella la fuerza y la determinación para ponerse de mi lado cuando yo más lo necesitaba, perdón por su miedo, perdón por su ignorancia. Pero no había nada que perdonar. ¡Las mujeres hemos pedido perdón tantas veces solo por el hecho de ser mujeres!

En mi comunidad, las niñas todavía son sometidas a la ablación genital, pero mi madre se opuso rotundamente a llevar a cabo “el corte de callo” como se le llama a esta práctica. Y creo que eso le dio paz para llamarme y despedirse de mí, que por lo menos había logrado evitar dejar semejante cicatriz en mi cuerpo. Ella la llevaba en el suyo, y por eso sabía que por lo menos eso, no lo iba a permitir.

Soy libre y he ejercido mi libertad personal y sobre mi cuerpo. Agradezco a la Comisión de los derechos humanos por entregarme este premio ONU derechos humanos 2027 por mi trabajo por los derechos sexuales de las niñas en especial, de las comunidades indígenas.

La raza humana vivió en 2020 una pandemia que afectó a todos por igual, pero nos hizo recordar cuando en septiembre del 2021 se empezó a distribuir la vacuna, que la pobreza, la falta de educación y la ignorancia siguen siendo los factores que impiden que avancemos frente a los retos que implica el hecho de ser humanos, de vivir desde la humanidad y no a pesar de ella.

Hoy les digo que recibo este premio con humildad, que como única abogada indigenista en mi país, me comprometo a seguir trabajando por los derechos de todas las etnias en Latinoamérica, pero en particular en Colombia, porque fue allí, en Colombia, en un pequeño resguardo del noroccidente colombiano, cuando una pequeña llamada Eulalia Yagarí, fue capaz de cuestionar lo que se esperaba de ella, y hoy acá, frente a ustedes, recibo este premio para seguir luchando para que otras muchas, cientos, miles de Eulalias,  también puedan hacerlo.

Gracias

Eulalia Yagarí representa a todas las niñas y mujeres de las comunidades indígenas en Colombia, que tuvieron que dejar a su comunidad por optar por un aborto. Este es un relato imaginado el futuro de una mujer indígena que tuvo la valentía de seguir sus sueños, de tomar decisiones inspiradoras para las niñas de su comunidad y de aportar desde su trabajo a su resguardo, a su región y al país. Ella tuvo la valentía, la persistencia, el coraje. Todas las mujeres simplemente deberíamos tener derecho, más allá de nuestra fuerza o determinación. El derecho a decidir, nada menos. En eso estamos. Todas juntas. Mujeres Imparables. 

Ilustración: Taty Gómez


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