Relato sobre Pablo

Relato sobre Pablo

Por Camila Brugés

 

Desde la Roca Más Alta

—¡Yo no saltaría nunca!

—Ay, pero porque usted es una gallina, hermana.

—¡Ve’sta atrevida! Lo que pasa es que no todas estamos locas como usted.

—¿Loca? ¡Viva, será! Yo lo que estoy es viva y mi hijo también. Y ni él ni yo vamos a dejar de hacer nada porque a usted le dé miedo.

 

Pablo recuerda ese día en que su mamá y sus tías lo llevaron por primera vez a las cascadas de Tauramena —en sus términos de niño de diez años: «a muchas horas en bus de Yopal», una exageración—; terrazas de roca y selva escalonadas que se suceden horizontal y verticalmente obligando al agua a saltar de un lado a otro, a abrirse como cortinas, a transformarse en chorro o en espumablancaqueremueveelprofundolechodepiedrabajoelrío.

 

Y las recuerda así, discutiendo entre risas, mientras él, metido en uno de los pozos menos hondos con el agua hasta la cintura, las pestañas goteando y el torso tiritando aunque afuera estuviera caliente, esperaba a que las mujeres de su familia le dieran permiso de escalar hasta la roca más alta de la cascada y saltar.

 

—¡¿Desde esa?! —preguntó su tía alarmada.

 

—Sí. Desde la roca que está al lado de la palmera. ¡La máááááááááááás alta!

 

No era tan alto. No se rompería como un coco al caer, o quizás sí, pero era improbable.

 

En todo caso, su tía frunció el ceño como antesala a una negativa determinante, pero antes de continuar con sus razones para decirle que no, su hermana, o sea, la mamá de Pablo, o sea, la mujer más poderosa que conoció, le clavó una mirada de hielo —esa que hacía para no regañar, esa que era un grito y un golpe, esa que era un rayo paralizador, un superpoder para hacer sentir al otro como un champiñón y que él siempre le envidió—. Y cuando la hermana relajó los músculos de la frente y dio la espalda de brazos cruzados, se agachó al nivel de su hijo y le dijo:

 

—Cuando llegues allá, mira hacia abajo. Siempre hay que mirar aunque te dé miedo. Planea dónde vas a caer, aunque la verdad es que seguramente nunca vas a caer donde pensaste, y empuja con fuerza… Si sobrevives, me tiro yo después.

 

Pablo recuerda el grito de terror de su tía Angustias, como le diría de ese día en adelante, pero recuerda mucho mejor la sensación en su rostro. Las esquinas de su boca estirándose y ampliándose en la sonrisa más grande que alguna cara produjo en la existencia de la humanidad entera —ninguna exageración—.

 

—Tu vida es tuya. Puedes escoger lo que quieras, siempre. Y los demás también. ¿Entendiste, Pablo?

 

Es probable que Pablo no entendiera esto cabalmente allí porque antes de que ella terminara y, simultáneamente, como si fuera dueño del don de la ubicuidad, Pablo asintió, corrió, escaló, saltó y voló como un pájaro gritando: ¡Mamáááááááááááááááááááááááá!

Pero algo se debió quedar en el inconsciente, porque Pablo creció siguiendo esa única orden de vivir y dejar vivir que a algunos les suena impertinente, nueva era, hippie, terriblemente libre y peligrosa.

 

Le fue bien. Se hizo médico, el primer universitario de la familia. Y cuando le entregó el título de ginecólogo a su madre, le preguntó si estaba orgullosa de él como el resto de la familia, sin esperar lo que ella iba a responder.

 

—Claro, mijo. Pero lo que me enorgullece no es ese pedazo de cartón, sino otra cosa.

 

Pablo la miró estupefacto, con esos ojos que eran más ojeras después de diez años de estudio.

 

—No se te olvidó ese día en Tauramena —le explicó su mamá.

 

A él se le cayó la quijada. No sabía a qué venía eso en ese momento, pero ella lo tenía claro. Era muy consciente de lo que estaba haciendo. Era un recordatorio. Sabía que debía hacerlo. Había soñado que moriría pronto. Había soñado que Pablo navegaría en aguas difíciles. Había soñado que antes de naufragar él se arrodillaría y miraría el cielo buscando su consejo. Así que ahí estaba, dejándolo antes de tiempo.

 

Las madres son brujas, brujas blancas, al menos las buenas madres, así que no es extraña toda esa anticipación. Lo raro fue lo siguiente que salió de su boca:

 

—¿Y si algún día una de tus pacientes quiere abortar?

 

—Eso es ilegal, intervino la tía Angustias, aunque la conversación no fuera suya, aprovechando que Pablo no salía del shock, confundido con el rumbo de la conversación.

 

—¡¿Y?!, gritó su madre a su hermana, con mirada rayo láser incluida, como si necesitara enfatizar su intención.

 

No hubo respuesta de Pablo porque, curiosamente, era ella la primera que le hacía esa pregunta, pero esta nunca se le borró de la memoria y, días después, cuando ella murió, como lo soñó, se fijó en él para siempre.

 

Así que Pablo ya había pensado muchos años sobre esto cuando entró por la puerta de su consultorio la primera mujer que no quería ser madre, aunque estuviera embarazada y aunque no pudiera pronunciar en voz alta su deseo de no serlo por miedo a que la llamaran asesina una vez más —porque ya la habían llamado así en su casa, en su barrio, en su conciencia—.

 

Así que Pablo se había decidido muchos años antes, desde Tauramena seguramente, a pararse como un faro a pesar de que sus colegas lo miraran hacia abajo.

 

Así que Pablo se sentía orgulloso y fuerte y bien parado cuando recibía los flechazos de las enfermeras aterrorizadas que pensaban como la tía Angustias y vivían regidas por el miedo y le decían a las mujeres que llegaban rogando por ayuda que eso no se podía, que estaba mal, que el papá del niño qué decía, que la iglesia las condenaría, que la policía las perseguiría, que las meterían a la cárcel, que eso era ilegal —aún cuando era un derecho—.

 

Así que Pablo no dudó en decirle a todo el mundo que él ayudaría a cualquier mujer que necesitara decidir por sí misma cómo vivir la vida. No dudó en decir que las enviaran en su dirección. No dudó, nunca.

 

—Salta desde la roca más alta —les diría—. No importa lo que diga nadie.

Ilustración por Niebla Rosa

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