Relato Sobre Darío

Relato Sobre Darío

Por Ricardo Silva

 

Uno cree que no es con uno. Uno piensa que no le va a pasar. Pero cuando le toca, como puede tocarle la violencia en este país, entonces empieza a entender. ¿Qué pasó con nosotros? Pues que un día me llamó una amiga de mi hija a la medianoche a contarme que si mi niña estaba flaca, ojerosa e irritable era porque había quedado embarazada de su primer novio en su primer semestre de universidad. Ya sabían qué iban a hacer. El novio le había pedido a una enfermera de su familia que organizara un aborto clandestino, sin la higiene ni la paz, en una droguería: «Quiero deshacerme de eso y no saber más de usted», le dijo. Pero al día siguiente, cuando ella, que apenas tenía diecisiete años, se iba para la universidad, yo logré que me contara, logré decirle que aquí estaba para apoyarla y para respetar la decisión que tomara, pero que me dejara llevarla a una clínica segura para que no pusiera en riesgo su vida.

 

Allá nos asesoraron muy bien. «Ella tiene ese derecho», nos repitieron. Y, como estábamos descompuestos, fue un bálsamo que nos recomendaran ir a hablar con los consejeros de La Mesa por la Vida y la Salud de las Mujeres.

 

Fue allí donde una doctora estupenda nos explicó que no estábamos cometiendo ningún delito. Y allí mi hija decidió, deprimida, estresada a más no poder y enamoradísima de semejante novio, practicarse el aborto por una de las tres causales que la Corte considera legales: riesgo a la salud física o mental de la mujer.

 

Vino lo peor. Volvimos juntos a la casa a hablar con la mamá. Esta le dijo que tenía que seguir adelante con el embarazo porque, de no hacerlo, estaba cometiendo un pecado; y desde ese momento nos sacó el cuerpo. En la noche, apenas mi hija estaba empezando a recuperarse de ese revés, el novio se nos apareció con los papás —y con la policía— a hacernos un escándalo vergonzoso en nuestra propia casa. «¡Asesino, asesino! ¡Yo no crie hijos para que se pusieran condón!», me gritaban los señores desde la calle. Los agentes notaron que no había nada raro, pero, previendo violencia, nos aconsejaron que nos fuéramos de allí. Y nos fuimos, de donde vivíamos, para que ella se tomara el tratamiento para la interrupción del embarazo. Tuve que pedirle ayuda a mi hermana: yo estaba solo con mi hija, y ella daba gracias por tener a alguien al lado, pero para uno como hombre no es fácil asumir esa tarea.

 

Quizás fue peor lo que siguió. Fui en representación de mi hija, menor de edad, a una citación urgente de la Comisaría de Familia, que en realidad era una trampa porque los funcionarios estaban en contra de la decisión del aborto. Allí estaba la personera local gritándome que ese delito no tenía perdón de Dios y que ese ejemplo que yo estaba dando como papá era un crimen. En vez de estar allí, ellos, para defender el derecho de mi niña a abortar por su salud mental. Junto a la funcionaria estaba la familia del novio portándose como si fueran los dueños de la moral. También se encontraba allí la mamá de mi hija, del lado de ellos. Yo me defendí con calma porque ya tenía claro que no era un tema penal.

 

Entregué la carta que me había ayudado a escribir una profesional de La Mesa por la Vida y la Salud de las Mujeres pidiéndole al comisario que no diera traslado a la Fiscalía. Y sí, afortunadamente no abrieron el proceso, porque puede quedar uno en manos de alguien que juzgue desde la moral. Sin embargo recibí llamadas amenazantes del muchacho: «Ahora sí los voy a joder. Si yo me tengo que ir a la cárcel, pues me voy», decía el mismo tonto retrógrado que había organizado el aborto inseguro.

 

Pienso que este es un país donde se impone el machismo, se ejerce la doble moral, se sataniza, se encarcela y se estigmatiza a la mujer. Mi hija se deprimió, se culpabilizó, me culpabilizó, perdió las ganas de vivir, descuidó la universidad agobiada por los mensajes que le mandaba el muchacho. Se sintió indigna. Perdió de vista que estaba ejerciendo un derecho. Fue mucho peor la sombra psicológica que la sombra penal. Y allí solamente me tuvo a mí. Pero al final se recuperó: yo me separé porque mi compañera me dijo que no quería vivir con un asesino y así terminó un hogar de muchos años. Mi hija volvió a la casa de la mamá con la excusa de que no le gustaba cómo cocinaba yo. Luego empezó una nueva relación con un novio que sí estuvo a su altura, y recobró la pasión por sus estudios.

 

Fue en su carrera de Derecho donde encontró argumentos nuevos a favor de la interrupción voluntaria del embarazo y que ha estado llevando a foros universitarios. Yo he ido a verla porque seguimos siendo muy cercanos. Me siento atrás, eso sí, disimuladamente: que nadie me note. Y me gusta verla así, quijotesca, admirable e imparable, con el aire especial que le da a su causa sin reversa. Y me gusta ser un alfil de su lucha.  

Ilustración por Laburgos

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